Amistad ,Fantasmas ,Vida

A las amistades

14/04/2021, 0 Comments
© Bárbara Traver

Hace unas semanas, el artista visual Juan Carlos, me escribiría a raíz de una publicación sobre cómo cada cierto tiempo necesitamos podarnos para poder enraizarnos. A mí me pareció una metáfora preciosa, y me llevó a pensar en cómo llevamos a nuestras espaldas ciertas raíces que no nos dejan avanzar. Miento, lo llevo pensando desde la primera vez que fui consciente que me estaba haciendo mayor por como la vida me arrebataban a mis personas queridas. Porque hacerse mayor no solo es pagar las facturas o quedarte en casa un sábado por la noche. Desgraciadamente, también significa aceptar lo inevitable. No queda otra, el mundo de los muertos no nos pertenece.

Hablando egoístamente –y no quisiera comparar el mundo de los muertos con el de los vivos– existe una pérdida que es lo más parecido a comprender cuando un ser querido muere. Es otro tipo de nostalgia, no tan intensa ni dolorosa, pero que se alarga en el tiempo y acaba agotando hasta al más fuerte. Este sentimiento no es más que el vacío que dejan las personas que un día decidieron, sin mirar atrás, desaparecer de nuestras vidas. Esas personas con quién te has besado, acariciado, acurrucado, follado, sacado una sonrisa o llorado, son las que ahora se han convertido en una angustiosa indiferencia. Hay todo tipo de pérdidas, como por ejemplo en las que, de manera fugaz y casi anecdótico, te preguntas en qué momento os distanciasteis. Son pérdidas cotidianas o sustituibles, y luego, están las que queman y dejan marca.

Una no sabe a veces por qué se construyen muros cuando hubo amor, pero me temo que nos ocurre a todos. Otras veces se sabe la razón, ya sea porque presenció una mala época de un amigo y no estuvo a su lado; otras por prestar dinero o herencias que separan familiares. De las decepciones, traiciones o envidias nadie se libra a lo largo de una vida. Todos hemos pasado por una pérdida así. También yo.

En un suceso crucial de mi vida, perdí a un amigo con quién construí parte de mi historia. Cada quién con sus motivos. Y aunque no dejase de repetirme a mí misma casi como un mantra que lo que conviene, sucede, probablemente lo que deseaba era pasar página lo más rápido posible para así dejar el rencor a un lado y no caer enferma. Pero una no puede escapar ni ir en contra. Es imposible borrar toda existencia por mucho que finja.

Y miento si dijese que no hay días en los que tengo ganas de llamarle para contarle cualquier anécdota que nos haga reír o preguntarle cómo le ha ido el día. Sin embargo, ya no puedo. Otras me sorprendo divagando en pasajes del pasado visualizando todas las ciudades que hemos compartido y soñado solo por abrazarle una vez más. Después, sigo haciendo la lista de la compra. Pero en la mayoría de los casos, yo también finjo cuando escucho su nombre. Llegados a este punto, hay cosas que no tienen remedio.

No me engañaré ni fingiré que pasado un tiempo todavía me entre vértigo al recordarle, pero no me malinterpretéis si digo que mi vida estará más completa y me sentiré más libre, porque no decirlo sería una falta de respeto a los que me quieren y me acompañan. Si algo he aprendido, es que no quiero ni puedo permitirme más fantasmas vivientes. En cambio, voy a hacer de esta historia un jardín porque a los fantasmas hay que seguir queriéndoles tanto como una vez lo hicimos. Aunque eso signifique que en los peores días me vea repasando todas esas ciudades una y otra vez.

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